5 mar 2012

CONOCER Y CUIDAR

Un ser humano sirve para ser sí mismo y para cuidar que sus semejantes también lo logren. Todos los afanes de los hombres consisten en lograr verificarse a sí mismos. En llegar a ser (como indicó Píndaro) lo que ya se es, lo que ya somos: nosotros mismos. Es así de simple, pero nadie ha dicho que sea fácil. Es más, es bastante complicado, veamos por qué:

Ser sí mismo es  contrastar la propia mismidad al interactuar con la alteridad de nuestros semejantes y no con nuestras diferencias, ni con la de los otros. Es lograr hacer aparecer  el ser en la propia entidad y cuidar que lo mismo ocurra en la de los demás, siempre desde la emergencia de ellos mismos, desde su irrepetible manifestación: la de cada quién y la de cada cual. En eso consiste el que la existencia en la vida de un ser humano sea ser sí mismo. En dar de mi lo mejor de mi ante todo aquello que no depende de mí. Por ello el ser humano no es un ente mas entre los entes, sino que es el único ente al que le es dado, al que le cabe (por que es su quehacer) verificar su entidad en el ser al autentificarse. Por ello le es necesario en el transcurso de su vida ponerse a prueba para conocerse a sí mismo y aprender a cuidarse a sí mismo y a los otros, pues de lo contrario pasaría por la vida sin saber nada de su valor y sin haberse reconocido a sí mismo en su propio rostro, ni en sus propios rastros...



Decía Séneca que se reconoce la pericia del timonel en la tormenta y el valor del soldado en la batalla... y la clínica del que sana en cada caso con el que debe inclinarse con modestia. Por ello creo que podemos reconocer la dignidad del ser humano en el modo en el que se ejercita con su propio destino. Lo que Séneca llama destino “fatum”, Epicteto lo llamaba “tyché”, ambos dirían que en ningún caso depende de nosotros tal suerte, tales azares, tal fortuna, pero ninguno de los dos tuvieron claro si ante todo aquello que no depende de nosotros, podemos enfrentar todo aquello que sí  depende de nosotros mismos. De nosotros depende darnos entidad ante lo que ellos llamaban el último sino: morir. Para ello ir verificándose a sí mismo al vivir, es ir probándose a sí mismo al existir, es ir haciéndose  “auto—ente—tyché”: autenticos. Es ir contrastando el azar que no depende de nosotros mismos, con nuestras fortalezas logradas,  esas  que si dependen de nosotros pues son fruto de lo mejor de nosotros mismos, de lo mejor que hemos llegado a ser, ya que  son con ellas con las que verificamos nuestra entidad al hacernos humanos cotidianamente. Y sobre todo en los momentos críticos de nuestro existir: al nacer, al crecer, al cubrir nuestras necesidades, al procrear, al madurar, al envejecer, al padecer dolor, al enfermar, al morir.



La Enfermería es un saber que verifica los propios conocimientos que hemos logrado sobre la autenticidad,  pues se dedica a implementar los cuidados para que el ser humano siga siendo: ese sí mismo que es. No solo durante la búsqueda y el adiestramiento para el encuentro con la serenidad ante la finitud cotidiana durante el curso de todas las partes de una vida, sino en la adquisición del sosiego ante el acontecimiento de la propia muerte. No solo en la enfermedad y en la pérdida de la propia autonomía al tener que depender de otros para cubrir las propias necesidades más básicas, sino cuando la indigencia existencial, el dolor, el sufrimiento, la demencia y la agonía nos alcanzan. Incluso entonces el principio de la esperanza ha de seguir intentando: “disolver todas aquellas relaciones en las que el ser humano sea humillado, esclavizado, abandonado y despreciado”. Creo que uno de los valores más sólidos de la Enfermería ha de ser el reconocimiento de la piedad y del afecto como una de sus más grandes habilidades y/o virtudes, por la cual la solidaridad aparece desde la fraternidad como un darse sin esperar nada a cambio y como un dar lo mejor de sí mismo como un hábito o ejercitación de la excelencia. Pues como decía Séneca: en cada ser la parte más resistente es la que se ejercita.



Tocando éstos temas tan difíciles. Sobre el sufrimiento, el dolor, la muerte y  el mal. Tendría que recordar el estilo de enfrentarse a estos pensamientos de un Agustín todavía pagano (o aún no cristiano) para intentar poder decir algo así como que si no me  preguntas qué son, sabría al menos mostrarte el trabajo que desde el cuidado intento hacer día tras día a través de la serenidad para que aparezca el sosiego como descubrimiento ante el venir de  la finitud y ante el acontecimiento de la propia muerte. Pero que si me lo preguntas no sabría explicártelo, ni argumentar, ni demostrarte  nada, tal es nuestra indigencia en el pensar, ante la cual sólo nos resta que el mismo pensamiento tenga piedad para con nosotros . Precisamente quizás por ello sólo seamos capaces de balbucear las preguntas para las que no sabemos encontrar respuestas, y por ello creo que etiquetamos bien al sufrimiento y al dolor al llamarlos enigmas, así como al llamar misterio al problema de la muerte, pero no así al problema del mal, pues creo que llamar al mal misterio no es totalmente acertado, pues solo nos quedaría la incertidumbre al saber que si un misterio ni se puede enunciar, ni se puede responder quizás sería una pragmática útil y más adecuada llamarlo incógnita, pues si sabemos señalarlo y reconocerlo, así como enunciar la pregunta sobre su problema, creo que debe quedar abierta  la esperanza de que alguna vez lo descifremos y lo venzamos, al menos esa es una esperanza como ritual y como metodo heuristico para con el pensamiento y para con la ciencia.